Menudo, rubito, de mejillas sonrosadas. El típico angelote de los cuadros renacentistas, el típico niño bueno de las americanadas más palomiteras. Sin embargo, la misión que tenía encomendada
Massimo Bonini no era precisamente caritativa. Más bien al contrario.
Su tarea era robar. Afortunadamente para él (y para la policía, que a poco que hubiera sido igual de efectivo no habría dado abasto), lo que arrebataba eran balones al equipo rival, desde su puesto en el
centro del campo de la Juventus de los años '80. Y lo hacía a conciencia y se le daba de lujo, tanto como para ganar, agárrense,
tres ligas, una copa, una copa de Europa (más una final perdida),
una recopa y una supercopa de Europa, además del
trofeo Bravo de 1983 al mejor jugador joven (en aquellos tiempos sub-24, hoy sub-21) del continente. Pero no era un Karembeu cualquiera con el banquillo repleto de medallas. Bonini era
fundamental, insustituible, la pieza clave, el que se mataba a correr y resolvía el trabajo sucio para que gente como Boniek o Platini. Dicen que sin el
Maratoneta detrás, el talentoso Michel nunca habría podido hacerse con sus tres Balones de Oro.