No se llamaba todavía "Liga de Campeones", pero allí estaban los de verdad, nada de segundones ni cuartos clasificados para rellenar partidos intrascendentes. Y el campeón, el que llevaba el tricolore en el pecho, era el Nápoles. Fue el mejor de una liga de campeones, de un calcio mayúsculo en el que los tres trofeos continentales en juego (Copa, Recopa y UEFA) acabaron en manos italianas. No era para menos, con el equipazo que disfrutaban a las faldas del Vesubio. Un dúo de genios canarinhos como Alemão y Careca, nombres consagrados como el portero ex milanista Galli o el redundante centrocampista De Napoli, jóvenes que ya empezaban a despuntar como un tal Ciro Ferrara o un tal Gianfranco Zola. Pero sobre todo, el 10 azzurro de la temporada 1990/91 era Diego Armando Maradona. Con él en el campo no hacía falta añadir nada más.